El frio invierno

Ayer, el breve contacto de los pies descalzos sobre el frío suelo al bajar de la cama fue una pequeña tortura.

Jersey de lana, calcetines gorditos, botas altas, bufanda y abrigo de invierno no fueron suficiente parapeto para que el frío no se colara entre las costuras de la ropa y me helara hasta los huesos.

Al salir de casa para ir a trabajar era de noche, pero no una de esas noches que va aclarando antes de que despunte el sol, sino de esas otras que se van cerrando cada vez más para dar paso a la madrugada. Desde Noviembre los amaneceres me dan las buenas noches y los atardeceres los buenos días. Vivo de noche y sueño de día.

Al abrir el portal el olor del barrio en invierno me dio una bofetada: frío, hielo, humedad, calefacción… Y los sonidos también eran diferentes, todos mucho más suaves, como si fuera sacrilegio subir los decibelios de lo que estamos haciendo: los pasos en la acera, las risas de los niños jugando en el salón, los cacharros en la cocina mientras se hace la cena, los coches entrando en los garajes, los comercios al bajar sus cierres… Y en el Metro conversaciones a media voz, gorros y bufandas que estorban un poco en el trayecto, gente leyendo o trasteando con el móvil (más lo segundo que lo primero), ropa oscura… Como si el tren necesitara esa energía extra que desprendemos en verano para seguir funcionando y la hubiera cogido sin pedir permiso.

Al bajarme del Metro en plena Gran Vía la situación era diferente, como si todo hubiera cambiado de ritmo porque la ciudad así lo requería: coches, ruido, gente a mi alrededor, luces de Navidad, lotería, vendedores ambulantes, gente hablando en voz demasiado alta, escaparates deslumbrantes, bolsas y más bolsas repletas de artículos nuevos, risas, el señor que pide en la misma esquina de siempre, algún villancico en el hilo musical… Y los olores también se han revolucionado: humo de coche, castañas asadas, calefacción central, palomitas calientes, colonias fuertes, el último café de la tarde antes de llegar a casa (o el de puesta en marcha, como el mío).

Y por eso, antes de acostarme, me sorprendí de la llegada del invierno

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